miércoles, 17 de octubre de 2012

Odisea del amanecer

La Revolución tunecina, también conocida como la Revolución de los Jazmines, llegó como una serie de protestas demócratas que lograron derrocar el gobierno autócrata de Zine El Abdine Ben Ali. Desde los medios de comunicación, se identifica el día 17 de diciembre de 2010 como la fecha de inicio del estallido de la revuelta, día en el que Mohamed Bouazizi se quemó a lo bonzo públicamente, en protesta por las condiciones económicas y el trato recibido por la policía.

La Revolución tunecina sentó un precedente en el mundo árabe. El caso de Egipto también fue de importante trascendencia, las protestas comenzaron el 25 de enero de 2011 y, a partir de ahí, se prolongaron. El 11 de febrero tuvo lugar la dimisión de Mubarak, quien cedió el poder presidencial al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.

Aprovechando las circunstancias acaecidas en Túnez y Egipto, desde los medios de comunicación, se anunció un supuesto levantamiento popular en Libia contra Muammar Gadafi, cuando en realidad se trataba de la sublevación de una parte del Ejército.
De hecho, roza lo absurdo, pensar que la población de un territorio vaya a rebelarse en contra de quién logró que el país dejase de ser el más pobre del mundo y pasase a convertirse en el país con el nivel de vida más alto de toda África, situación que se alcanzó tras cuatro décadas de Gadafi, y que concluyó con la invasión de la OTAN en 2011.

Tras la manipulación llevada a cabo mediante los medios de comunicación del mundo, los cuales se utilizan al servicio del capital y sus gobiernos, para justificar los ataques sobre Libia, los Estados Unidos y la Unión Europea acudieron a su brazo armado: la OTAN, y obtuvieron la aprobación de otra gran institución: la ONU o Consejo de Seguridad. Ya estaba todo listo, tras haber construido una realidad mediática basada en las mentiras y las medias verdades, se tomó la decisión y el 19 de marzo de 2011, el premio nobel de la paz, Barack Obama, desde Brasil, anunció el comienzo de la operación 'Odisea del Amanecer'.

De la noche a la mañana, Muammar Gadafi, quien en su día fue amigo de los representantes de las grandes potencias occidentales, se convirtió en el gran dictador, en el asesino de su pueblo. Quedaban al descubierto, pues, los intereses de los grandes magnates.
La intervención de la OTAN en Libia se vendió como una defensa de los derechos humanos de la población, así como, la condena al supuesto régimen dictatorial existente en Libia en aras de conseguir la implantación de un Estado democrático.
La gran solución presentada por los grandes líderes occidentales fue el establecimiento de una zona de exclusión aérea sobre Libia y la autorización para abrir fuego y llover muerte sobre el terreno.

Hay que leer entre líneas para conocer la verdadera realidad sobre el montaje creado por las grandes potencias. Los intereses que se ocultan son meramente intereses particulares. Libia juega un papel muy importante en el norte de África y en el Mediterráneo, y las pretensiones de las grandes potencias son, sencillamente, tener el control sobre los cambios que puedan producirse en ambas zonas, para garantizar el futuro energético de sus países. Como prueba de ello son los treinta y dos conflictos abiertos que hay en el mundo de características similares al de Libia, sobre los cuales no se interviene de esta manera tan desproporcionada, porque ello nos conduciría a un conflicto mundial.
Resulta más que obvio, que no se trata de una protección de los civiles libios, pues ni la defensa de los derechos humanos ni la democracia se imponen bajo la guerra.

El 19 de marzo de 2011 comenzaron las operaciones militares, las cuales se prolongaron durante meses. Se trataba de una guerra en la que rebeldes, ayudados por la OTAN, iban tomando distintos enclaves del país con el fin de dominar a las fuerzas leales a Gadafi. Podemos concluir, entonces, que se trataba de una auténtica guerra civil.

Desde que se inició el conflicto bélico, Gadafi mostró una férrea resistencia, con lo que los rebeldes ya no sólo tenían la intención de derrocar el supuesto gobierno tirano sino que, también, aspiraban a capturar al dictador con el fin de que éste fuese juzgado en base al derecho internacional.
El 20 de octubre del mismo año, fue tomado Sirte, el último refugio gadafista. En la batalla, el ex-líder libio fue capturado y sometido a una muerte realmente violenta, de la que existen numerosas fotografías y grabaciones de vídeo. En consecuencia, la OTAN ha demandado una investigación sobre la muerte, aunque el Consejo Nacional de Transición (CNT) asegura que la muerte de Gadafi fue causa de un tiroteo.

La muerte de Gadafi fue aplaudida tanto por los medios de comunicación americanos como por los europeos.
En EE.UU. se dieron interesantes reacciones; "Llegamos, vimos y murió...", se regodeaba la secretaria de Estado, Hillary Clinton, mientras reía con una periodista. Por su parte, Obama afirmaba "Podemos decir definitivamente que el régimen de Gadafi ha llegado a su fin... Hemos logrado nuestros objetivos". Mucho más prepotente se mostró el vicepresidente Biden, quien describió la intervención militar como la 'receta' del futuro. "En este caso, América gastó [sólo] dos billones de dólares y no perdió ni una sola vida. Esto es algo de la receta para mejor tratar con el mundo según seguiremos hacia adelante".

En Europa, la muerte de Gadafi también fue alabada. La canciller Angela Merkel decía "Alemania está aliviada y muy feliz". En España, la reacción oficial quedó a cargo de la ministra de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez, quien afirmó "La confirmación del fallecimiento de Gadafi y de algunos de sus colabores más estrechos supone el punto y final de un periodo triste, muy triste, para el pueblo libio y el inicio de una época en la que el futuro solo podrá ser decidido por el pueblo libio. Ahora, en este momento, lo más importante es apelar a la reconciliación y a la unidad de todos los libios".

Las reacciones a la muerte de Gadafi se presentan como un ensalzamiento de la violencia frente a la dignidad, pues el problema se podría haber solventado con un método mucho más honrado como, por ejemplo, acometer un proceso judicial en el que se llevase al líder ante el tribunal de La Haya.

Las consecuencias de la invasión por parte de la OTAN, lógicamente, son devastadoras. En primer lugar, se desató un conflicto bélico que enfrentó a dos bandos de una misma población, a ello se le suman las pérdidas humanas -oscilan entre los 10,000 y 15,000 fallecidos-, el país está hundido en la misera propia de los efectos de una guerra, asimismo, no podemos olvidar que la situación política del territorio se encuentra por determinar, pues el CNT, únicamente, anunció que se utilizaría la ley islámica como fuente de legislación.

A todo ello se le suma el triste triunfo, nuevamente, de los intereses de unos pocos sobre los intereses de la mayoría. Intereses puramente económicos que se han alcanzado a costa de acabar con vidas humanas.

Por último, añadir que, en España, el 22 de marzo de 2011, se aprobó en el Congreso de los Diputados la participación de las tropas españolas en la intervención en Libia.
El visto bueno llegó con el consentimiento de una mayoría aplastante y de la mano de un gobierno que se auto define como socialista, cuyo presidente se posicionó en contra de la invasión de Irak en el año 2003. Hay que recalcar que las dimensiones del conflicto Iraquí y las del conflicto Libio son las mismas, pero el presidente del Gobierno Español se respaldó constantemente en que, el segundo de los conflictos contaba con el beneplácito de la ONU.
Asimismo, la decisión se tomó, una vez más, sin tener en cuenta el respaldo popular, luego es un ejemplo más de las carencias que posee nuestro sistema democrático, el cual nos consideremos dignos de imponer al resto de países, véase el caso de Libia.

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